Disidencia sexual: una propuesta política situada

Texto: Catalina A. Mura

Hace 30 años, la OMS eliminó la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales, motivo por el que cada 17 de mayo se conmemora el Día contra la Lesbofobia, Homofobia, Bifobia y Transfobia (1). Y pese a que la consigna “nada que celebrar” parece tan vigente como siempre – si atendemos a las múltiples violencias a las que seguimos expuestas las disidencias sexuales – es indudable que, solo en esos 30 años, múltiples actores y escenarios han modificado la realidad LGBTIQ+. Una de esas mutaciones es la emergencia de la disidencia sexual como propuesta política. 

Decir que las disidencias sexuales han emergido como un actor político relevante en el Chile de los últimos años no es una afirmación fácil. Me obliga a explicarme en al menos dos sentidos: ¿De qué estoy hablando cuando digo disidencias sexuales? Y luego, ¿cómo podrían estar emergiendo, si resistencias a la heteronorma han habido siempre? 

13559079_1220267534653185_8664172360923870410_o@indomitafotografias (2014) 

Disidir: “Separarse de la común doctrinacreencia o conducta”(2). La disidencia es un verbo, una propuesta política de acción, de transformación. Más que una teoría estática y encasillante, es un marco para diversas identidades, corporalidades y experiencias que comparten una acción: la de confrontar, con la propia existencia, la heterosexualidad obligatoria y los mandatos del género normativo. Disidir, un paso más que disentir – en el sentido de no estar de acuerdo –, implica un esfuerzo creativo en levantar caminos ajenos, desviados, a la normalidad estéril. En este caso, la norma heterosexual. Sea ése el primer componente – y quizás el fundamental – de la disidencia en tanto concepto: concebir la heterosexualidad no como una condición u opción a nivel individual, sino como un régimen político. Aquí se revela la importante influencia de pensadoras lesbianas como Monique Wittig y Adrienne Rich(3), quienes desarrollaron desde la teoría lésbica la noción de la heterosexualidad como sistema político que reproduce una norma sexual (la hetero), frente a la que las lesbianas se levantan no solo como una identidad, sino como propuesta política contrahegemónica. 

Otra línea de influencia teórica proviene de los estudios de género y la teoría queer, donde destaca la noción de performatividad del género de Judith Butler. Así, veremos el género no como una construcción sociocultural estática, sino como una que continuamente se reproduce a sí misma a través de acciones repetitivas, performándose. El género, entonces, guardaría en sí mismo la posibilidad de subversión, siento ésta la posibilidad que exprimen las disidencias sexogenéricas en su quehacer performativo cotidiano. Desde la teoría queer, se recogen esas múltiples posibilidades para reconocer la sexualidad como una experiencia dinámica, construida y susceptible de deconstrucción, y se rehúye, por tanto, de las identidades fijas y de la política centrada en aquellas. En este sentido, la propuesta queer confronta a los movimientos identitarios (cualquiera de la sigla LGBTIQ+) y la estabilidad de sus sujetos políticos. Aunque es innegable el aporte de estos planteamientos, las críticas que ha despertado son variadas, entre ellas, destaca la denuncia de lo queer como teoría academicista y/o colonizadora(4).  

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[Revista APSI (1987), n° 206, p. 32. Recuperado de memoriachilena.gob.cl]

No puede, entonces, pensarse la disidencia como una adaptación local de ninguna teoría foránea, pues son múltiples los tránsitos, tensiones y contaminaciones que dan lugar, en pensamiento y práctica, a lo que hoy conocemos como disidencias sexuales en Latinoamérica, y particularmente en Chile. Así, hay que reconocer los antecedentes que forman parte de la memoria disidente, pues si bien el concepto comienza a tomar realce recién en las últimas dos décadas, podemos trazar varios de sus componentes actuales en la memoria marica. Desde el punto de vista histórico, no podemos dejar de recordar a la colectiva lésbica Ayuquelén, primera agrupación política LGBT en el país (en su caso, desde lo lésbico), que ya en los años 80 planteó el lesbianismo como una opción política, crítica a la heterosexualidad obligatoria. Las Yeguas del Apocalipsis, también a fines de los 80, son otro ejemplo: sus performances artísticas cruzaban la reivindicación homosexual con la crítica a la dictadura(5). No es casualidad, entonces, que figuras como Pedro Lemebel tengan una resurgida popularidad en los círculos disidentes, pues se reconoce el legado rebelde y profundamente político de su obra artística. Aunque hará falta mucha más discusión que la aquí esbozada, cabe destacar que cualquier ejercicio de memoria planteado desde la disidencia sexual, deberá pensarse menos desde las identidades, y más desde las propuestas políticas que reivindica, haya o no tomado el nombre de “disidente”. 

13517535_1220264727986799_8996400055321492162_o“Ni ahí con tu diversidad heteronormada, somos colas disidentes y organizadas” @indomitafotografias (2014)

La noción de “diversidad sexual” que fue haciéndose un espacio en el Chile post-dictadura, constituye uno de los ejes de la crítica disidente en tanto propuesta política situada. Desde un punto de vista teórico, la noción de diversidad ve a la heterosexualidad como una alternativa más dentro de un abanico de posibilidades, lo que contrasta con la idea de la heterosexualidad como régimen político. Ahora bien, desde el punto de vista de los movimientos sociales, la diversidad sexual ha sido criticada por ser fácilmente cooptable al menos en dos sentidos: ya sea como posibilidad de comercialización (como podemos ver en las marchas del orgullo gay, auspiciadas por marcas en su versión arcoíris), o bien como accesorio político de partidos u organizaciones progresistas. Así, la diversidad sexual pierde su carácter contrahegemónico para convertirse en fetiche, en accesorio, en el mejor amigo gay de la protagonista heterosexual. 

La diversidad plantea integrarse al sistema en igualdad; la disidencia, una transformación radical de las relaciones sociales. Esa convicción política es la que vemos en las diversas organizaciones de la disidencia sexual que han surgido en la década recién pasada, que superando la política meramente identitaria, plantean reivindicaciones profundamente situadas desde la crítica al patriarcado, al capitalismo y al neocolonialismo. Pese a ello, las disidencias sexuales son criticadas en no pocas ocasiones, ya sea por ignorancia o por conveniencia, por “dividir la lucha”, “ser poco políticas”, o incluso “antifeministas”. 

13522773_1220275551319050_4747343990047861545_o@indomitafotografias (2014)

Existe, entonces, una tradición local que es contestataria a la homosexualidad higiénica y normativa que se tomó las vocerías hegemónicas, pero que supera la denuncia para articular en el presente una propuesta política subversiva. Tejiéndose de a poco en los márgenes y fronteras de los movimientos que históricamente les (nos) han excluido, las disidencias sexuales emergen como una voz polifónica, anclada en la memoria de quienes nos precedieron, pero con la libertad de rechazar los mandatos clásicos de sujeto único y política unitaria. Somos locas, monstruos, rarites. Fletas y maricas de cuerpos inefables. Disidencia sexual: un placer y una política desobediente que no proviene de ninguna naturaleza ni esencia dada, sino de una conciencia política en constante (de)construcción. 

Y, por lo tanto, una invitación abierta a todo el mundo para disidir de la – irónicamente – estéril heteronorma.

 

1.-  Al menos dos quejas podemos plantear contra el nombre “oficial” de la conmemoración: que se plantee el rechazo u odio hacia las disidencias sexuales como fobia (miedo irracional), así como pretender incluir a las lesbianas en lo homosexual (el nombre oficial no incluye la lesbofobia, pues se da por incluida en la homosexualidad).

2.- Según RAE (2020)

3.- Referencias obligadas serían Rich (1980) Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana, y Wittig (1992) The Straight Mind and other essays.

4.-  Para profundizar en esta crítica, que excede el objetivo de la presente columna, recomiendo como provocación Piña Narváez, Yos (Erchxs) (2017) “No soy queer, soy negrx”, en Rojas Miranda y Godoy Vega (eds.) El porvenir de la revuelta. Memoria y deseo LGBTIQ.

5.-  Véase el trabajo de Víctor Hugo Robles (2008) Bandera Hueca. Historia del Movimiento Homosexual de Chile.

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